"En cuanto a sí misma ella ni siquiera sabía adivinar lo que podía y lo que no podía, lo que conseguiría con apenas un movimiento de párpados y lo que jamás obtendría, aún cediendo a la vida. Pero se concedía el privilegio de no exigir gastos y palabras para manifestarse. Sentía que, aunque sin un pensamiento, un deseo o un recuerdo, ella era imponderablemente aquello que ella era y que consistía Dios sabe en qué."
Clarice Lispector, La araña (Traducción de Haydée M. Joffré Barroso), Buenos Aires, Corregidor, 2006, p. 45.
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