sábado, 24 de marzo de 2012
Un viejo tweet que es un poema
viernes, 3 de febrero de 2012
Spoileando las reglas del juego
No digo COPIA FIEL. Creeeeeo que el o los directores son los mismos o los guionistas o algo, no recuerdo. El gordo ruludo es el mismo y así y trata de un grupo de presidiarios y estimo que también funcionarios de la cárcel de Alcatraz que aparecen en la actualidad como si nada pero son gente que estaba viva hace sesenta años atrás. Te ponen una fotito de todos los gomas parados mirando a cámara con la cárcel de fondo (otra isla, pero esta vez la anti-isla idílica), tipo de imagen promocional que ya usaron para Lost y para TODAS las putas series desde hace varios años.Les digo YA, a un mes de empezada, cómo termina tras quinientas temporadas estafando a boludos y adictos: están o estamos todos muertos, ellos son zombies o los zombies somos nosotros y ellos están lo más bien en su mitad del siglo XX y los que viajamos zombíesticamente al pasado somos nosotros, whatever.
BOLUUUUDOOOOSSSS
Spoileando las reglas del juego
jueves, 2 de febrero de 2012
La carta que nunca llegó
Se contaba la anécdota, muy poética, de una carta demorada que había llegado años después a su destinatario (años después del 55), con la estampilla de Evita, como la luz de una estrella que llega a la Tierra después de su extinción.
Delivery to the following recipients [soy@pagina12.com.ar] failed
Estimado equipo del suplemento “SOY”:
¿Qué tal? Ante todo, me presento como lectora asidua de la publicación. En cuanto a muchas otras cosas, prefiero no definirme, no decir “soy esto y/o soy lo otro”, porque simplemente devengo, sin encasillarme.
Desde que apareció el primer número de “SOY” hace casi cuatro años, lo compré cada viernes, siempre. Las veces en que me encontré fuera del país, una buena amiga hizo el favor de comprarme el diario, para que no me faltara ningún número. Lo que hallo inadmisible es que casi en la totalidad de las oportunidades en que estuve –como ahora– en el interior de la Argentina, el suplemento no se consiga. Se entrega el diario, con todos los demás anexos, pero el “SOY” no. Ya me pasó en la provincia de Misiones, en distintos puntos de la costa atlántica. En el único lugar alejado de la ciudad de Buenos Aires en que pude conseguirlo fue en Rosario. Muchas veces, sin razón, increpé a los vendedores. Esta mañana la kioskera quedó intimidada con mi pregunta: “¿Acá en el interior no existen los putos o los esconden?”. La mujer, apabullada, me mostró un comprobante: “Me facturan el suplemento pero pocas veces llega”. En otro puesto me comentaron lo mismo, que son escasas las ocasiones en que lo mandan. Esto, evidentemente, es una decisión geopolítica. ¿De quien? ¿De quienes dirigen “SOY”, de los colaboradores, de los directivos del diario, de los encargados de logística?
Me parece por lo menos ridículo que una publicación que levanta las banderas de la diversidad tenga una estrategia –deliberada o por omisión, lo mismo da– de circulación tan restrictiva. Muchas veces he leído en sus páginas notas celebrando la potencia tortillera de Neuquén, dando cuenta de las agrupaciones LGBTI activas en distintas partes del país, condenando el crimen de Natalia Gaitán, de Córdoba ¿Para qué? ¿Esto llega a los potenciales lectores del interior o queda confinado al sitio web? (accesible pero que implica, a la vez, un direccionamiento deliberado). Me parece también que no contemplar estas cuestiones de distribución de la publicación en papel habla a las claras de que referirnos al #findelperiodismo –al menos tal y como se lo concebía hasta no hace tanto tiempo– tal vez no sea tan desatinado, puesto que son muchas y muy significativas sus incongruencias.
Lo que es yo, a pesar del respeto que mantengo por la labor de Marta Dillon, editora de “SOY” y del gusto con el que los leía (críticamente, por supuesto y muchas veces desde el disenso, incluso), a partir de hoy he dejado de comprar el suplemento y por ende, el diario. Por una cuestión de coherencia, entiendo que el elogio de la pluralidad debe aspirar, justamente, a un alcance plural.
Saludos,
Florencia Propato
La carta que nunca llegó