sábado, 24 de marzo de 2012

Un viejo tweet que es un poema

La casa vacía aún. Trémula,
hundiste tus dedos en mi carne
para recibir en tu palma
un coágulo caliente de mi sangre.

El 12/11/09 fue tuiteado acá –dónde más, ¿no?

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viernes, 3 de febrero de 2012

Spoileando las reglas del juego

A veces (ejem, ejem, cof, cof) soy medio sorete. Ayer, como ya me conocen un poco, las chicas de la oficina me dejaron afuera de un ofrecimiento que se hizo antes mis ojos, esto es, vía mail grupal: los capítulos de "Alcatraz" que ya están disponibles. Esto iba acompañado de una aclaración: "(NO PARA FLOR)". No tuve que decir siquiera "al cabo que ni quería" porque mi prejuiciosa repulsión por las series ya la he manifestado ampliamente ante todo el que quiera oírme. Igual, para pudrirla un poco, le dije a alguien que aceptó que era "una burda copia de Lost" y me expliqué así, todo esto sin asesorarme mucho (nada) ni chequear fuentes ni... en fin:
No digo COPIA FIEL. Creeeeeo que el o los directores son los mismos o los guionistas o algo, no recuerdo. El gordo ruludo es el mismo y así y trata de un grupo de presidiarios y estimo que también funcionarios de la cárcel de Alcatraz que aparecen en la actualidad como si nada pero son gente que estaba viva hace sesenta años atrás. Te ponen una fotito de todos los gomas parados mirando a cámara con la cárcel de fondo (otra isla, pero esta vez la anti-isla idílica), tipo de imagen promocional que ya usaron para Lost y para TODAS las putas series desde hace varios años.
Les digo YA, a un mes de empezada, cómo termina tras quinientas temporadas estafando a boludos y adictos: están o estamos todos muertos, ellos son zombies o los zombies somos nosotros y ellos están lo más bien en su mitad del siglo XX y los que viajamos zombíesticamente al pasado somos nosotros, whatever.
Capaz no me equivoque tanto, eh. Oscar Masotta, refiriéndose al antihappening (ficticio) de 1966 escribió alguna vez que lo que encarnaba en ese experimento era "el juego de construir una imagen mítica y el trabajo de buscar la adhesión imaginante de la audiencia para tirarla abajo y dejarle solo 'el espectáculo de su propia conciencia engañada'" [Oscar Masotta, Happenings, Buenos Aires, Editorial Jorge Álvarez, 1967, p. 123] O sea, estaría buenísimo que el episodio postrero de la serie Alcatraz (acontecimiento que tendrá lugar en su vigésimo octava temporada, más o menos) finalizara así como digo yo y a continuación, risas en off, apareciese un cartel que dijera:
BOLUUUUDOOOOSSSS
Pero bueno, no, no, claro que no. Esto supondría dos cosas, casi imposibles. Que los serie-adictos que queden vivos para entonces recuerden el final de Lost y ergo puedan percatarse de la estafa y otra, mucho menos probable, que los medios y los engranajes que los sostienen tuviesen conciencia de sus propia lógica rumiante, de sus falencias, de sus abusos recursivos, de su falta de ingenio y, críticamente, se prestaran a jugar(se)nos una broma que los llevaría a morderse la cola. Este hipotético ejercicio sí que sería una teleserie de ficción bien zarpada, la mejor que mi mente es capaz de concebir. Incluso iría hasta Uruguayana a comprarme una TV color para poder mirarla.


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jueves, 2 de febrero de 2012

La carta que nunca llegó

Hay una frase de El tilo de César Aira a la que soy muy afecta. La he utilizado, en alguna oportunidad, como epígrafe de uno de mis trabajos. Dice así:

Se contaba la anécdota, muy poética, de una carta demorada que había llegado años después a su destinatario (años después del 55), con la estampilla de Evita, como la luz de una estrella que llega a la Tierra después de su extinción.
Sin embargo, en este caso no creo poder aferrarme a una actitud tan positiva o tan ingenua como la de creer que mi carta, más tarde o más temprano, arribará a destino. Más bien, pienso que si en esta era de nuevas tecnologías y raudos y sucesivos cambios existe algo así como la Oficina de Cartas Muertas en la que Bartleby se desempeñó como empleado subalterno hasta que un cambio en la administración lo puso de patitas en la calle oh Bartleby, oh humanidad, oh burocracia, si existe en el dominio de servidores ignotos algo así como un Limbo Virtual de los Correos Electrónicos Nunca Entregados, bueno, allí está condenada a morir la epístola que el viernes pasado escribí para el Correo de Lectores del suplemento "SOY" del diario Página/12. La epístola que mandé el viernes en la tarde en un mail que regresó rechazado al instante y que el sábado decidí reenviar, con la misma suerte:

Delivery to the following recipients [soy@pagina12.com.ar] failed
Entendí, con un poco de buena voluntad, que a la casilla de correo del suplemento "le llenaron la cocina de humo". Prolijamente, me dirigí al diario vía Twitter (en esta oportunidad, en esta y esta otra, ya un poco menos prolijamente). Previo a eso, los contacté a través de la página web consultando si el suplemento disponía de alguna casilla de correo electrónico alternativa. Hasta hoy no he recibido respuesta. Iba a confinar mi carta al oscuro rincón de la carpeta "Enviados" de mi cuenta de Hotmail pero no recibidos, agrego yo pero no... ¡NO, NO, NO! Decido hacerle justicia y la doy a publicidad, al menos por este medio.

Estimado equipo del suplemento “SOY”:

¿Qué tal? Ante todo, me presento como lectora asidua de la publicación. En cuanto a muchas otras cosas, prefiero no definirme, no decir “soy esto y/o soy lo otro”, porque simplemente devengo, sin encasillarme.

Desde que apareció el primer número de “SOY” hace casi cuatro años, lo compré cada viernes, siempre. Las veces en que me encontré fuera del país, una buena amiga hizo el favor de comprarme el diario, para que no me faltara ningún número. Lo que hallo inadmisible es que casi en la totalidad de las oportunidades en que estuve –como ahora– en el interior de la Argentina, el suplemento no se consiga. Se entrega el diario, con todos los demás anexos, pero el “SOY” no. Ya me pasó en la provincia de Misiones, en distintos puntos de la costa atlántica. En el único lugar alejado de la ciudad de Buenos Aires en que pude conseguirlo fue en Rosario. Muchas veces, sin razón, increpé a los vendedores. Esta mañana la kioskera quedó intimidada con mi pregunta: “¿Acá en el interior no existen los putos o los esconden?”. La mujer, apabullada, me mostró un comprobante: “Me facturan el suplemento pero pocas veces llega”. En otro puesto me comentaron lo mismo, que son escasas las ocasiones en que lo mandan. Esto, evidentemente, es una decisión geopolítica. ¿De quien? ¿De quienes dirigen “SOY”, de los colaboradores, de los directivos del diario, de los encargados de logística?

Me parece por lo menos ridículo que una publicación que levanta las banderas de la diversidad tenga una estrategia –deliberada o por omisión, lo mismo da– de circulación tan restrictiva. Muchas veces he leído en sus páginas notas celebrando la potencia tortillera de Neuquén, dando cuenta de las agrupaciones LGBTI activas en distintas partes del país, condenando el crimen de Natalia Gaitán, de Córdoba ¿Para qué? ¿Esto llega a los potenciales lectores del interior o queda confinado al sitio web? (accesible pero que implica, a la vez, un direccionamiento deliberado). Me parece también que no contemplar estas cuestiones de distribución de la publicación en papel habla a las claras de que referirnos al #findelperiodismo –al menos tal y como se lo concebía hasta no hace tanto tiempo– tal vez no sea tan desatinado, puesto que son muchas y muy significativas sus incongruencias.

Lo que es yo, a pesar del respeto que mantengo por la labor de Marta Dillon, editora de “SOY” y del gusto con el que los leía (críticamente, por supuesto y muchas veces desde el disenso, incluso), a partir de hoy he dejado de comprar el suplemento y por ende, el diario. Por una cuestión de coherencia, entiendo que el elogio de la pluralidad debe aspirar, justamente, a un alcance plural.

Saludos,

Florencia Propato


Mas no se confundan, caros lectores: si llegasen a notar en el horizonte algún refucilo, no lo atribuyan a "la luz de una estrella que llega a la Tierra después de su extinción" sino al último destello que el #findelperiodismo nos regala en su ocaso.


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